Lado A

Campamento, poesía, Konex

Una hora antes de que empiecen las actividades, todavía el escenario no está terminado. El día está muy soleado. La gente, en remera, está sentada en las sillas y reposeras del patio. Algunos miran libros. Un grupo de muchachos juega al frisbee. Hay 10 mesas armadas con manteles negros, llenas de libros, que están divididos según las editoriales. También se venden medias con caras y frases de autores literarios como Alejandra Pizarnik, Osvaldo Lamborghini, Juan José Saer, Sylvia Plath. Muchos de los libros son de formato pequeño, artesanales, cosidos a mano. Sobre la escalera principal de un naranja radiante hay una carpa instalada que resguarda un sintetizador. Hay una escultura de un robot hecha con cajas apoyada sobre la escalera que reza ASÍ FUERON LOS HUMANOS. Entre el patio y la zona de los baños cuelga un cartel negro con una calavera calada, que tiene escrita la palabra POESÍA.

Es 30 de octubre y en la Ciudad Cultural Konex está empezando el segundo campamento de poesía organizado por Juan Rux (poeta, ilustrador y director general de Festín Mutante), Antolín Olgiatti (músico, ilustrador y parte de Discos Laptra) y Matías Duarte (editor de Galería Editorial). A fines de enero se había realizado la primera edición: “Campamento, verano, poesía, Konex”. Esta vez pasó a llamarse “Campamento, poesía, Konex”, sin mención a la estación del año. Juan Rux explica que la idea original era hacer uno en verano y otro en invierno, pero que por razones ajenas a ellos tuvieron que posponerlo. Las actividades que se van a realizar son variadas y ya estaban anunciadas previamente en su página de Facebook: talleres, lecturas, proyecciones, conciertos.

Juan Rux cuenta que para organizar la feria del campamento lo primero que hacen con Olgiatti y Duarte es una selección de las editoriales que ya conocen, por ser del palo. Luego abren una convocatoria por mail y a través de las redes sociales para otras editoriales que quieran unirse a la feria. Finalmente, eligen entre 20 y 30 para que formen parte. “El criterio es que sean editoriales independientes. Aunque esa palabra no es muy clara, mejor la cambio por emergentes, y que publiquen poesía porque es el eje del campamento”. No les cobran nada por estar allí, solo tienen que pagarse el seguro. El término campamento lo utilizan en su versión urbana, “la de ocupar un espacio”, aclara Rux.

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El flyer con los horarios, que se publicó en el Facebook del campamento una semana antes, decía que las actividades comenzaban a las cinco en punto. Pero lo que empieza a pasar a esa hora es que aparecen varios padres paseando bebés en cochecitos. A los 10 minutos, desde el auditorio de arriba, empiezan a salir un montón de niños con sus padres. Van bajando por la escalera naranja y se empiezan a mezclar con el público treintañero del campamento, que está charlando y tomando cerveza. Durante la prueba de sonido, los niños corretean alrededor de los cables, se trepan de los caños, juegan entre ellos. El ambiente cambia por completo, cada tres minutos se escucha “¡mirá, mami, mirá lo que estoy haciendo!”.

A las cinco y media anuncian desde el escenario que comienza el taller “Poesía dibujada”, dictado por Power Paola, ilustradora ecuato-colombiana y autora del libro Virus tropical. Antes de que empezara la actividad, Paola ya estaba sentada a la mesa dibujando mientras observaba a la gente. La mesa es rectangular, está cubierta por un mantel negro y tiene sillas dispuestas todo alrededor. Paola se para en uno de los extremos y empieza a explicar cómo será el taller. Les pide a los participantes que se presenten uno por uno en ronda, que cierren los ojos, que inhalen y exhalen 10 veces. Luego les indica que, sin abrir los ojos, escuchen lo que pasa alrededor: el ruido de la gente, la música que empezó a sonar desde el sintetizador, los gritos de los niños.

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“Traten de relajarse lo más posible, no hay ninguna prisa de nada”, les dice a las 10 mujeres y los cuatro hombres que están tomando el taller. Les pide que piensen en una imagen, “¿qué les dice esa imagen? Y ustedes, ¿qué le responden?”, pregunta Power Paola. Luego, que intenten alejarse del ruido, de lo que pasa alrededor, y transformen con eso la imagen. Después que se alejen también de sus cuerpos, del lugar en el que están sentados, y que cambien nuevamente la imagen formada. Por último, que vuelvan, que escuchen otra vez y formen con ese recorrido una imagen final. Power Paola les indica que abran los ojos, dividan la hoja en blanco que habían llevado para dibujar en cuatro viñetas y vayan ilustrando en orden las diferentes imágenes que formaron durante la meditación.

La mayoría de los participantes dibuja en silencio con birome azul o negra, dos de las chicas usan lápices de colores que habían llevado, otras dos sentadas en la punta opuesta a donde está ella charlan un poco. Mientras dibujan, Paola da vueltas alrededor de la mesa, mira las ilustraciones, les hace comentarios, los escucha. A las seis en punto hacen el cierre: cómo fue la experiencia, cómo la vivieron, qué sintieron, les pregunta. Se muestran los dibujos entre ellos. Todos, incluso Power Paola, se sorprenden de lo que salió y se ríen.

El primer bloque de lecturas comienza justo antes de que el taller finalice con un aplauso. La primera en leer es Gabriela Luzzi (poeta y editora de Paisanita). El público que estaba desparramado por el patio charlando, tomando algo, mirando libros, se acerca con sillas al escenario para escuchar mejor. Luzzi comienza con Una lista de compañeritos de la primaria. Segundo lee Julián Bejarano. El último es Facundo Soto, que en el medio de la lectura pide que suban tres voluntarios: van dos chicas e Ivan Moiseeff, editor de Clase Turista. Le da un librito a cada uno y los ubica frente a un solo micrófono. Empieza leyendo él y luego se van uniendo las voces de ellos, recitan todos el mismo poema, repiten las mismas frases pero a distintos tiempos. Cuando termina ese poema, se bajan. Soto cierra con un poema sobre el padre que lee lento, con tono familiar, mientras suena un tango de fondo.

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A las seis y media anuncian que comienzan dos actividades en simultáneo: el taller “Práctica Poética Speed” de Manuel Alemian y la charla “Poesía del accidente audiovisual” de Diego Trerotola (periodista, crítico de cine, programador del Festival Asterisco). La charla se realiza en la sala de las columnas, a oscuras, con un proyector de Super 8. El público, de aproximadamente 25 personas, se sienta en unas colchonetas dispuestas en el piso. Trerotola habla por el micrófono, sentado mirando al público; al lado, pero de espaldas, está sentado un muchacho que maneja el proyector. Lo primero que advierte Diego Trerotola es que “puede pasar un accidente o muchos accidentes durante esta proyección y palabrerío. Y vamos a tratar de que pasen accidentes, así que no entren en pánico. Los accidentes que sucedan, igual, creo que nos van a dejar ilesos, por lo menos físicamente. No garantizo que mentalmente salgamos ilesos”.

Luego habla del primer accidente del cine: “El mito dice que la primera proyección del cinematógrafo de los hermanos Lumière fue un tren que el público creyó que iba a salir de la pantalla y los iba a arrollar. El mito del descarrilamiento, de la masacre, funda el cine. La realidad histórica dice, sin embargo, que esa película no formó parte de las primeras proyecciones del cinematógrafo. En su lugar, había varias películas de niños: un bebé que desayuna, otros niños bañándose en el mar, en loop”. En ese momento reproducen en la pantalla una película amateur en Super 8 encontrada por él en el mercado de pulgas de Hell’s Kitchen en Nueva York. El film muestra a una nena con rulos de unos cuatro años caminando por la playa con su mamá, metiéndose al mar con su baldecito, corriendo a recibir a su abuela, yendo al mar con su papá. Para Trerotola es una remake sin coreografía de La Mer de los hermanos Lumière.

“Entre los primeros cortos de los hermanos Lumière estaba también El jardinero, que contaba la travesura de un niño que le pisa la manguera a un jardinero, quien piensa que dejó de salir agua por accidente y luego se empapa porque el niño saca el pie. La travesura de un niño es el primer gag del cinematógrafo. Las películas industriales que vendrían unas décadas después inventarían una regla: no filmar con chicos ni con animales. Para que las películas sigan el curso de la cadena de montaje sin inconvenientes, sin demora, lo mejor era no involucrar lo incontrolable. Por eso recomendaban excluir el capricho infantil o animal”, cuenta Diego Trerotola. Proyectan un segundo film en Super 8 encontrado en el mercado del Parque Centenario: Fin de curso Sebastián 1981, que muestra a distintos grupos de niños disfrazados y haciendo coreografías para un acto escolar. De fondo se escucha el tema Accidente de Las Ligas Menores.

A continuación, Trerotola lee una cita de Andy Warhol: “Siempre me ha gustado trabajar con las sobras, convertir los desperdicios en cosas. (…) Cuando veo una película antigua de Esther Williams y 100 chicas zambulléndose en fila, pienso en cómo deben haber sido los ensayos y en todas las tomas en las que quizás una chica no tuvo el valor suficiente para zambullirse en el momento indicado, y pienso en esa toma cortada de ella en el trampolín. (…) Esa escena entera es mucho más divertida que la escena real que salió bien en la que todo funcionó a la perfección” (Mi filosofía de A a B y de B a A, Tusquets, 1998). El tercer film proyectado, encontrado en Parque Chacarita, muestra un stand de publicidad de una feria con dos mujeres promocionando la marca Naranja Fest.

Bruce Conner fue el rey del accidente cinematográfico. Un rey cartonero. Un rey basurero. Su rol marginal, rupturista, crítico y criminal en la historia del cine lo transformó en un ‘antiautor’, alguien que hacía películas con fragmentos encontrados. Fue él quien le dijo a Dennis Hopper que se lanzara a la ruta en Busco mi destino sin evitar que la luz natural haga lo que quiera sobre el celuloide, que dibuje esos haces de luz que se filtran como destellos y que un fotógrafo industrial los consideraría un error, un accidente”, relata Trerotola. Conner recicló películas atrofiadas, escenas de accidentes de autos, y recopiló en 1976 los registros secretos de los experimentos estadounidenses con bombas nucleares, en el océano pacífico el 25 de julio de 1946. “Un trip en cámara lenta sobre el accidente más importante del siglo XX”, como lo describe Diego Tretotola. El último Super 8 es una película comprada ese mismo día en el Parque Centenario que muestra falsos accidentes de autos de películas de Disney. “La película está vencida, virada al rojo, atrofiada, como las que usaba Bruce Conner, y además no tiene sonido, lo que la hace todavía más atrofiada”, remata.

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Al mismo tiempo, afuera, donde ya casi no quedan niños, sucede el taller de escritura “Práctica Poética Speed”. Hay 12 personas sentadas alrededor de la misma mesa que se utilizó para el taller de dibujo, seis hombres y seis mujeres. Manuel Alemian, a diferencia de Power Paola, está sentado entre ellos, en el medio. Los participantes leen lo que escribieron hasta ese momento y Alemian le va haciendo comentarios a cada uno.

A las siete, Sagrado Sebakis anuncia desde el escenario que empieza la actividad “20 preguntas asesinas a editores de poesía”, a la vez que termina el taller de escritura. Sebakis presenta a los editores que serán entrevistados: Iván Moiseeff (Clase Turista), Julián Bejarano (Gigante), y Tomás Fadel (Fadel & Fadel). Y explica el formato: “Vamos a hacer una primera ronda en la que yo hago una pregunta y los tres responden, uno a la vez, no importa el orden. Si ninguno empieza al toque, yo indico rápidamente quién comienza. La respuesta debe ser breve e intentar no superar el minuto. Entre pregunta y pregunta voy a hacer lo que llamamos la pregunta asesina. Las preguntas asesinas están numeradas y van a salir de este bolillero. Voy a señalar a la persona que la tiene que responder, también tienen un minuto para responderla. Luego de eso va a hacer una intervención un editor genial, Francisco Garamona, pero en su formato musical. ¿Listo? ¿Todos comprendimos el formato? ¡Bien! Respondió alguien allá como medio ebrio ‘¡See!’. Bien, bien hecho, muchacho”.

Sebakis empieza con una pregunta básica y fundamental, “para entrar en calor”, ¿qué es editar? Entre los tres arman una definición: encontrar algo que tenga fuerza, que represente de alguna manera el momento, algo que te guste y que quieras reproducirlo y distribuirlo. Ello implica comprar papeles, diseñar, decidir, imprimir, doblar, agujerear, coser o abrochar, refilar, vender. Continúa con ¿se puede vivir de la poesía?, lo que para Sebakis es una pregunta “de 1991”. Los tres coinciden en que no, no se puede. Pero Iván Moiseeff agrega: “Me parece que también es un error ponerle una carga a un proyecto literario de la necesidad económica. A veces sale y a veces, no”.

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La primera pregunta asesina va dirigida a Tomás Fadel: ¿cuál fue el error más terrible que cometió como editor? “Me cuesta mucho admitirlo pero guillotinar chueco. Es lo peor, y lo sigo haciendo. Todo el tiempo. Son ejemplares que tengo que vender más baratos”, responde. La siguiente pregunta asesina le toca a Moiseeff: si viene una editorial multinacional y quiere comprar su fondo editorial por cinco millones de dólares, pero a cambio nunca más en toda su vida podrá dedicarse a la edición, ni siquiera participar en una feria, ¿aceptaría? “Es una pregunta rara, porque es fácil decir que no porque no tengo el dinero enfrente. Igual a mí me gusta mucho que sucedan esas cosas y ahí saber si lo hago, porque si no es más un ejercicio. En principio, obviamente, uno diría no, porque es imposible que suceda. Ahora, si de repente veo todos los billetes ahí, no sé, lo podría llegar a pensar”, concluye.

La entrevista sigue con una pregunta para los tres: si los animales pudieran editar, ¿cuál sería el mejor animal editor? Fadel elige al pulpo “porque tiene ocho tentáculos, entonces puede doblar, guillotinar y abrochar al mismo tiempo”, explica. “Y tiene tinta”, agrega Sebakis. Moiseeff opta por los gatos “porque ya tienen una larga tradición con la literatura. Siempre que hay imágenes de ciertos escritores, están los gatos. Tienen esa relación con las bibliotecas. Debe haber algún vínculo energético”. Y Julián Bejarano da la respuesta que más sorprende al público: un tatú mulita. “Está bueno a veces saber defenderte, que no se te acerquen. Un editor es el que busca el material, no al revés”, explica. Una de las últimas es a qué libro se irían a vivir si pudieran. Fadel opta por el Infierno de La divina comedia de Dante Alighieri; Moiseeff por cualquiera de Jack London, que le recuerdan a su infancia; y Bejarano por Nadie, nada, nunca de Saer “porque es como un mantra la prosa de Saer, me tranquiliza”.

El bloque de preguntas dura media hora. Francisco Garamona, editor de Mansalva, sube al escenario a tocar en modo acústico: él solo con su guitarra. La lista de temas incluye algunos de sus discos Los sentimientos (2014), como Vampiro, Cómo separarnos, de Las armas dulces (2012), como Se acabó el dolor de aquel verano, Laberintos de madera, y de Yo nací (2013), como Aire del tiempo. Mientras canta, la mayoría de la gente lo escucha sentada, hay un pequeño grupo que baila. A mitad del último tema frena y declara riéndose “¡Me olvidé la letra!”, así que lo cambia por Los skaters, también de su disco Los sentimientos.

A las ocho anuncian desde el escenario las siguientes actividades que sucederán en simultáneo: el segundo bloque de lecturas y la proyección de la película La última navidad de Julius de Edmundo Bejarano. La película se proyecta en la sala de las columnas a oscuras, sobre la misma pantalla que se utilizó para la charla de Diego Trerotola.

El resto de la gente, unas 150 personas, sigue afuera disfrutando del calor. En la pantalla del escenario empiezan a verse las visuales de Ricas Chicas que acompañarán las lecturas. Primero lee Gabriela Bejerman, que desde el escenario saluda a Cosme, su bebé, que está en brazos del padre. Luego lee Gael Policano Rossi, que comienza recitando de memoria un poema de Cecilia Pavón, y de a ratos se equivoca, duda, y continúa. Bejerman lo escucha debajo del escenario sosteniendo a Cosme en brazos. Policano Rossi le cuenta al público que está tratando de vivir de la poesía ‒a diferencia de los editores entrevistados, él sí cree que se puede‒ y para eso pasa la dirección de su página de Tumblr. “Por cada visita, Google me da 0,01 dólares”, cuenta pero aclara que al hacer click en los banners de publicidad lo ayudan más. “Hoy recibí 19 dólares pero no me los van a dar hasta que sean 100. Es la forma más honesta que encontré de vivir de esto”, explica. Cada poema que lee se lo dedica a alguien: Germán, Malén, Tuti, McDonald’s. Por último lee Malén Denis. Antes de empezar le pide a la gente que se acerque más con las sillas. Su lectura la dedica a la editorial Nulú Bonsai, que cumplió años unos días atrás y a la que considera su casa.

El bloque dura media hora y luego suben al escenario Sergio Pángaro y Sole Otero. Mientras él lee, ella dibuja en vivo. Los dibujos se pueden ver reflejados en la pantalla de fondo. Cuando terminan, hay un receso de media hora hasta que comienza el concierto de Francisco Bochatón. Los primeros dos temas los toca él solo con una guitarra electroacústica: Vida de sueños del disco Hasta decir palabra (2002) y Cosas viejas de Cazuela (1999), este queda por la mitad porque la electroacústica se apaga. Sigue con otros temas de Hasta decir palabra: Luces negras y El gorila los toca con una guitarra eléctrica y con Quique Illid (ex miembro de Los Brujos) en la batería.

Mientras escuchan, los editores empiezan a desarmar sus stands y guardar los libros. Bochatón vuelve a la guitarra electroacústica, que sigue sin andar, y un técnico de sonido lo ayuda colocándole un micrófono directo al instrumento. Toca Vuélveme a enamorar del disco del 2002 y Ojos cerrados de Completo (2004). Le cuesta acomodarse al segundo micrófono que se le golpea con la guitarra y pasa a una acústica para tocar Canto al fuego fatuo de Hasta decir palabra y Antena del disco La tranquilidad después de la paliza (2005). Para los dos últimos temas, vuelve a subir Quique Illid a tocar con él. En 22:33 de Píntame los labios (2000), Bochatón canta e Illid lo acompaña con la guitarra acústica. Cierra con Libera, de Completo, y se pone muy contento de ver a Sergio Pángaro bailando en el medio del patio.

A las 10 en punto anuncian la última actividad: “Las preguntas completas de Osvaldo Lamborghini”. Las leen al unísono en el escenario Jacqueline Golbert, Celestial Brizuela, Catalina Berarducci, Martina Juncadella y Pablo Petkovsek de Socios Fundadores. El libro es de Dani Zelko, que reunió y publicó por la editorial Gato Negro todas las preguntas presentes en las obras del autor. ¿De quién son estas manos? ¿Estás contento? ¿Qué puede hacerse conmigo sino amarme? ¿Qué querrá decir ser homosexual? ¿Qué pienso? ¿Un carajo? ¿Un delirio? ¿Cambiarán los tiempos? ¿Cómo se escribe la historia? ¿Qué tanto lío con la muerte? ¿Qué será lo que no nos entra en la cabeza? ¿Cómo la están pasando? ¿Paga usted? ¿Sabe? ¿La vida sabe? ¿Y si el mundo estalla? ¿Te creés que los traidores tienen premio? ¿De qué mente están enfermos? ¿A ustedes les gustan las putas? ¿Estuvieron presos alguna vez? ¿Soy un wagneriano-post? ¿Un expresionista abstracto? ¿A quién carajo le importa lo que importa? ¿O no sos absolutamente moderno, corazón mío? ¿Cómo podemos conocer el infinito? Son algunas de las preguntas que se escuchan.

Mientras en el Konex están desarmando las mesas y juntando las sillas, se escucha “¿sos loco o te pica el culo?”. A los 20 minutos terminan de leer y se bajan. Se retiran los editores y el público que queda. Con una noche despejada y todavía calurosa, termina el segundo campamento de poesía.

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